GENIOS BIEN LOCOS

(rumiando entre recuerdos, he aquí un breve texto de marzo del 2003... je)



. “Hoy es el día” pensé, apenas recobrar la conciencia, aún antes de abrir los ojos. Me levanté torpemente, mentalmente encandilado por esa certeza, y tropecé con la mesa de luz: Parte de mi cuerpo todavía no despertaba.
. Presa de la ansiedad, descorrí bruscamente las cortinas de mi habitación. Entonces solté un gemido desesperado: El cielo estaba cubierto de nubes!
. Pero si ayer el sol había brillado radiante? Y por las noches las estrellas habían reinado sin competencia... Porqué el Astrólogo no me había advertido de ello?

. Pero no, no era su culpa, él sólo estudiaba los astros, no el clima. Curiosa amistad la nuestra, dos seres estrafalarios abocados a su arte, en esta época de necios... La quema de brujas todavía se recuerda con demasiada frescura, y los dedos acusadores de aquellos autoproclamados “Hombres Cuerdos” señalan y condenan con facilidad a cualquier diferencia que no les gusta, que no comprenden, que no acata sus tontas normas...
. El Hombre Cuerdo es un Mito. Esto el Astrólogo y yo lo sabemos muy bien: Un mito inventado por los hombres-pastores, para mantener a los hombres-corderos bien dominados. Pero un mito alimentado a su vez por muchos de los hombres-corderos, que tienen miedo y se sienten más seguros en el rebaño. Pero hay hombres que no son pastores ni corderos, si no tan sólo ellos mismos.
. Pero Ellos, estos ingenuos “Señores de la Cordura”, o bien podría decir “Señores de los Corderos”, se sirven de esas diferencias que tanto los escandalizan. Con ellas alimentan su nuevo y tan alabado invento, el “Instituto de Recuperación Mental”. Una asquerosa maquinaria que, por el contrario de lo que su nombre indica, sólo sirve para que las mentes se pierdan aún más.
. Y a su vez forma parte de una maquinaria aún mayor, cuya tarea es vaciar las mentes de toda originalidad y adecuarlas a la norma, amansar al rebaño, sometiendo así con facilidad a la mayoría al sistema que a ellos les conviene.
. Pues así dictan ellos sus recetas, y reciben múltiples alabanzas, mientras aseguran a todos que el suyo es el camino correcto. Pero al creerse su propia mentira, pobres diablos, son ellos mismos quienes también se pierden, mientras sus mentes ociosas se embotan y se acomodan lánguidamente en la falsa y endeble estructura de reglas...
. Dejé de lado mis pensamientos, guardándolos en algún rincón de donde los volvería a sacar la próxima vez que me encontrara con el Astrólogo.
. Hoy, en cambio, había sólo una cosa en la cual concentrar todo mi ser. Los ecos de la voz del Astrólogo se oían tan claramente en mi cabeza, como si hubiese sido el día anterior que me lo había advertido: “Tendrás que estar atento ese día, pues no volverá a suceder hasta dentro de muchos años.” Me había dicho.
. Eso había sido meses atrás, y yo había estado preparándolo todo, revisando cien y mil veces cada parte de mi Máquina, realizando innumerables pruebas. Éramos genios, el Astrólogo y yo, cada cual a su manera. Qué importaba si se burlaban de nosotros y nos llamaban locos? Acaso no había sabido Hamlet la verdad, a quien tildaban de lo mismo, mejor que nadie más? Pero quien ríe último ríe mejor, pensé, y sonreí.
. El día había llegado. No faltaban muchas horas para el mediodía, y la hora señalada, con cada minuto, con la precisión que caracterizaba al Astrólogo. Y yo no me la podía perder.
. Bajé trotando por la ladera, mientras me terminaba de vestir a medias y olvidando peinarme, pero sujetando con sumo cuidado todos mis bártulos.
. Llegué a la laguna resollando, más de nervios que de cansancio, y preparé todo minuciosamente, sin prestar la menor atención a tareas tan efímeras como abotonarme la camisa o intentar arreglar al menos un poco mis enmarañados y quizás excesivamente largos cabellos.
. Largos? Sólo según la “norma”, me mofé para mis adentros.
. Tontos petimetres ilustrados, porqué olvidar que el hombre fue antaño un mono, y conserva hoy todavía algunos innegables rasgos, y un valioso instinto? Porqué negar que todavía tenemos mucho de animales?
. Como el tonto ése de cabellos pulcramente recortados y modales refinados. Ése que se había dicho admirador de mi arte, acosándome incansablemente con preguntas y una admiración que a mí me daba asco, en la fiesta de cumpleaños de Madame Jeannette. Pero quizás lo hacía sólo para burlarse de mí, o eso al menos había llegado a sospechar yo.
. De cualquier manera, su apresuramiento y su manera de intentar sonsacármelo todo en un santiamén sólo me causaban rechazo, y viendo que él nada se había esforzado en aprender por su propia cuenta, menos ganas tenía yo todavía de enseñarle ni lo más mínimo de todo aquello que la experiencia y los largos años de trabajo me habían dado.
. Y encima el cielo seguía nublado, y esto no hacía si no acrecentar mi malhumor. Maldije injustamente a mi amigo el Astrólogo por no ser capaz de vaticinar también el clima, maldije a todos los petimetres pedantes y adulones que sólo me daban náuseas, y maldije también a mi suerte ya que estaba.
. Así fue pasando el tiempo, y mientras yo bostezaba dejaba divagar mis pensamientos.
. Cuánta fue mi alegría cuando, poco antes del mediodía, llegó una brisa fresca que me sacó de mi letargo y comenzó a apartar, poco a poco, las nubes, y yo aplaudía en solitario cada nueva brecha.
. Enmudecí de asombro cuando una brecha mayor dejó al descubierto mi objetivo. Aunque ya había comprobado muchas otras veces la exactitud de su arte, que él llamaba ciencia, no deja de volver a maravillarme ante cada nueva demostración del Astrólogo: Ahí estaban el sol y la luna, llena y en pleno día, y muy cerca la una del otro.
. Me ubiqué detrás de la máquina, me cubrí con el paño, acomodé el foco repetidas veces, con las yemas sudorosas de excitación.
. La brisa había desaparecido. La laguna estaba en calma, convirtiéndose en espejo perfecto para el reflejo que yo planeaba captar.
. Comprobé la hora, y dirigí un último vistazo al cielo: Ya estaban casi juntos!
. Pronto se rozarían un poco, sólo durante un instante fugaz, y se mezclarían sus luces. Y yo, por gracia del Astrólogo, podría capturar esa imagen para siempre! Qué imagen sería ésa! Haría callar a todos esos vanos petimetres, y todo su palabrerío inútil...
. Mi dedo se apoyó sobre el obturador, temblando febrilmente.
. Y sí, de pronto, el milagro tuvo lugar! Sol y luna de la mano, y presioné... pres...
. De improviso la voz, pomposa, detestable:
-- Buenos días, caballero. Espero sepa disculpar usted la molestia, pero veo que no está usted muy ocupado que digamos... Es que a pesar de la extrañeza de su aspecto, y el descuido en las ropas que lleva, me parece reconocer en usted al singular amigo que Madame Jeannette nos presentó como “el Fotógraf...”
. Pero nunca terminó la frase. El resto, para qué contarlo?
. Estaba parado ahí, justo delante del lente, y fue blanco inevitable de toda mi furia. Blandí la máquina por el trípode, y descargué mi invento contra el estupor de su rostro.


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