La Caverna de los Necroides



. El sol brillaba alto en el cielo. Algunas nubes ocasionales lo oscurecían, pero el viento se las llevaba pronto. Eso no era nada, y la capitana así lo había querido. Un sitio como éste, era mejor evitarlo de noche.
-- Mantened posición. –ordenó secamente. La joven heroína de Tarningan podía ejercer un gran autocontrol. La escuadra de infantería que la había acompañado hasta allí no debía percibir ni pizca de miedo en ella. Ni asomo de desesperanza, ni recordar el significado de la vacilación.
. No hacía falta gritar. Con voz alta, sus hombres no eran muchos, la oían claramente. La pequeña tropa obedeció de manera impecable. Desenvainaron en silencio, alzaron sus escudos, mantuvieron la formación en perfecta escuadra.
. Serenia y los valientes de Tarningan contemplaron la boca de la caverna, al otro lado del llano, surcado por alguna que otra colina. Desde la oscura profundidad bajo las grises rocas, emergieron entonces las primeras siluetas.

. Se movían en forma lenta y desordenada, pero a la vez se mantenían juntos. Eran como una marea.
. Pero lo que más preocupaba a Serenia era otra cosa. En su anterior visita al nefasto lugar, había tenido que huir a escondidas, de forma precipitada. Una mera misión de exploración, propuesta por ella misma y aceptada con reparos por el Mago, casi había terminado en desastre.
-- Eres la líder de nuestros guerreros. No podemos perderte. No se te suban los humos a la cabeza por haber liberado las ruinas de Khelt de un puñado de sucios trasgos. Tus progresos en la esgrima son notorios, es más: realmente admirables! Pero no vayas a creerte invencible. No juegues al héroe –la había sermoneado ToergonSaybar--. No te lo puedes permitir. El reino es joven, y hay poderes terribles en este mundo difícil que nos hacen sombra. Fuerzas contra las que ni podemos soñar medirnos. Entiendes?
. Ella había asentido, obediente. Ni falta hacía que aquél sabio cuyas palabras eran escuchadas atentamente por el Consejo lo mencionara. Como si no fuese suficiente con la amenaza de la Emperatriz Aradanna, que se expandía desde el sur. O la creciente fuerza de Khomen-Torr: El ejército de la vieja ciudad-fortaleza aumentaba día a día. Era inevitable: El conflicto se avecinaba. No ser consciente de ello era como que creer que, si el cielo se cubría de nubes densas y oscuras, no iba a llover.
. Lo cierto es que, sus recientes hazañas, le habían dejado un sabor agradable en el alma.
. Los avezados cazadores que se internaban en los bosques del oeste, los tímidos granjeros que cultivaban las tierras, los apacibles pescadores de la ensenada, y hasta los colonos de la costa oriental, todos hablaban de ella.
. Y eso no le gustaba.
. Sí la había hecho feliz, inmensamente feliz, salir tan victoriosa de sus aventuras. Pero no se vanagloriaba: Sabía que hacerlo implicaba el principio del fin. La caída, si no en deshonra, en alguna batalla desatinada.
. No obstante, haber despejado las tierras de criaturas malignas, y otras amenazas menores, en comparación con las que aguardaban más allá, le proporcionaba un gran alivio. Y no sólo a ella. El reino era joven, como había dicho el Mago. Por ende, frágil. Y el mundo, harto difícil.
. Con los trasgos había tenido suerte. Lo sabía. Además, no eran tan difíciles: Bastaba con tener en cuenta cuestiones básicas, como no meterse dentro de sus guaridas de noche, o enfrentarlos de a muchos.
. En ese momento, una silueta de un porte mayor emergió de entre las sombras de la caverna. Los babeantes necroides la rodeaban como una marea. Los primeros ya habían descendido a la llanura, y avanzaban como una oleada.
. “Son demasiados…”, pensó Serenia, mordiéndose los labios.
. Se llamó silenciosamente a la calma.
. Uno de los soldados la miró, muy brevemente. Era como si le quisiera preguntar.
. “Señora?”
. Pero el hombre no se atrevió a hacerlo. Disimuló su expresión acomodándose el casco.
. Ella lo entendía.
. Pero no podían mantenerse ociosos. Khomen-Torr se fortalecía. La Emperatriz Aradanna ampliaba sus territorios. El incipiente ejército de Tarningan tenía que probarse un poco más, tenía que crecer y hacerse fuerte. Y no podían permitir que otros peligros, más cercanos, los amenazaran.
. Luchar por la supervivencia.
. El demonio se alzó y rugió, en lo alto de la ladera, tras emerger de las profundidades. Extendió las alas coriáceas.
. Serenia no se inmutó. Los espadachines de Tarningan tampoco.
. Los necroides sortearon un par de colinas, rodeándolas, y avanzaron hacia la pequeña pero bien formada tropa.
-- Silencio. –les pidió Serenia a sus guerreros. Algunos asintieron. Lo sabían.
. Ella se concentró. Extendió a medias los brazos, a ambos lados. Korigon, su caballo, tampoco se movía.
. Serenia extendió a medias cada dedo. Se esforzó en olvidar los sonidos, a la vez que dejaba caer sus párpados. Respiró acompasadamente, como si estuviera en la torre del Mago.
. En la ladera, al otro lado de la llanura, el demonio batió sus alas.
. Y despegó del suelo.
. La horda necroide avanzaba lentamente, pero ya estaba a mitad de camino.
. Los hombres sudaban. Pero tenían sus escudos. Su entrenamiento. Sus espadas afiladas. Y la causa de Tarningan, las vidas de sus familias, parientes, amigos y vecinos en el corazón.
. Era un mundo difícil.
. Serenia sopló un susurro mezcla de brisa y palabras.
. En el cielo bajo, justo por encima de las colinas, el demonio recibió un súbito estallido de luz azulada.
. Detuvo su vuelo, cayó a tierra, pero manteniéndose en pie con sus firmes piernas.
. Había soltado un breve alarido?
. Serenia sacudió rápidamente su cabeza.
. Mantener la respiración acompasada…
. Comenzó a sentir otra vez ese peculiar cosquilleo en las yemas de los dedos.
. El demonio mostró sus afiladas fauces, gruñendo con ira.
. Y batió sus alas una vez más.
. Una ligera brisa se arremolinó en torno a Serenia. Korigon parecía inquieto, pero no sólo su ama había entrenado. El leal caballo se mantuvo firme.
. Algunos soldados elevaron mentalmente una plegaria a la Dama de las Estrellas.
. El mundo necesitaba luz.
. El demonio volaba hacia ellos.
. Ahora no venía tan rápido.
. Y Serenia murmuró su brisa.
. Un nuevo destello fulgurante, esta vez más intenso, de lleno en el cráneo del ser alado.
. Esta vez cayó sin un alarido.
. Quedó tendido en la pradera.
. Muchos necroides parecieron vacilar. De pronto, no todos avanzaban.
. El demonio comenzó a incorporarse.
. Tenía un ala rota.
. Serenia sudaba.
. “Por favor, que no noten el temblor”, pensó. Deseó. Suplicó.
. Un tercer estallido azulado, esta vez débil, derribó al siniestro ser.
. Cayó de espaldas, y ya no se movió.
. La horda parecía haberse detenido.
. Pero, momentos después, avanzó de nuevo, en marejada.
. Los soldados aullaron, celebrando la pequeña victoria, dándose valor. Aunque sabían que esa clase de enemigo no conocía el temor.
. Serenia abrió los ojos. Suspiró aliviada, tratando de que no se le notara. Su cuerpo ya no temblaba.
. “Gracias, Maestro”, pensó en el Mago.
. Antes que la horda llegara hasta ellos, se permitió ejercer la poca magia que le quedaba, unas veces más.
. Unos breves estallidos de luz tenue, que no se comparaban con los que habían abatido al demonio, derribaron a algunos necroides, hicieron estallar un par de cráneos.
. Parte de la marea verdosa y hedionda que se cerraba ya sobre ellos, recibió su castigo, algunos en el ala izquierda, algunos más a la derecha, e incluso un último destello en el medio.
-- Recordad! Aguardad, aguantad con los escudos! Y luego golpead! –apremió a los valerosos hombres que la acompañaban.
. Espoleó suavemente a su montura. Korigon trotó hacia un lado.
. La marea se dividió en dos: El ala de la izquierda avanzó sobre el firme pelotón. El ala de la derecha se desvió, tratando de seguir a la jinete.
. Serenia, que respiraba entrecortadamente, sacó entonces de entre sus ropas un pequeño frasco de cristal. Sin dejar de trotar, atrayendo a buena parte de la horda hacia ella, se lo bebió.
. “La estrategia de ToergonSaybar tiene que funcionar”, pensó.
. Instantes después, su profundo anhelo recibió respuesta: Sintió cómo una vitalidad fresca se extendía por sus miembros. Sus fuerzas se habían renovado.
. Espoleó al caballo ahora con ímpetu. Korigon galopó.
. Serenia desenvainó.
-- Tarningaaan!! –aulló con todas sus fuerzas.
. Bien. Había logrado que no le temblara la voz.
. Y la espada cayó contra el primer cráneo necroide.
-- TARNINGAN!! –respondieron estoicos, los soldados.
. Ya recibían los primeros embates. Pero actuaban como debían. Con los escudos atajaban, mazos, garrotes, cimitarras. Y luego, aprovechando cada brecha, las brillantes espadas hendían la carne putrefacta.
. Serenia describía semicírculos en torno a la horda de la derecha. Cargaba contra ellos, los rodeaba, descargaba rápida su espada. Koringon no se demoraba, no podía permanecer quieto cerca de esos contrincantes asquerosos.
. Antes que la rodearan, la capitana se alejaba de nuevo.
. Y volvía a la carga.
. Entretanto, los primeros hombres comenzaban a caer. La marejada verdosa los había rodeado. Habían abatido a bastantes, pero, si bien lentos, sus armas caían pesadas. Y sus mordeduras eran terribles.
. Los primeros héroes de Tarningan yacían en el suelo. Algunos gemían, aferrándose en vano a la vida.
. Pero los que aún luchaban, cerraban el círculo cada vez que otro caía.
. La marejada chocaba contra los escudos, los empujaba.
. Serenia se alejó de su horda, que había quedado a buena distancia de la tropa, y cargó ahora contra la otra.
-- Tarningan! –gritó, ya no con tanta fuerza.
. No obtuvo respuesta.
. Los valientes estaban ocupados.
. La capitana logró abrir una brecha, en el cerco del enemigo.
. Algunos pocos soldados tuvieron tiempo de vitorear.
. Y ella cargó, y cargó, una y otra vez.
. Entonces Korigon cayó.
. Lo habían herido en al menos dos patas. Algunos necroides se abalanzaron sobre él.
. Serenia despejó su mente en un instante.
. Había alcanzado a rodar a un lado.
. Se asombró de conservar, todavía aferrada, su espada.
. Se incorporó tan rápido como pudo. Sentía como sus venas le latían con fuerza. Podía morir en cualquier momento.
. Sesgando a diestra y siniestra, retrocedió sin desesperar. Manteniendo de tanto en tanto la atención a sus lados y a sus espaldas, se alejó de la horda, y de la tropa. Logró derribar a unos cuantos más en la retirada.
. Notó que le sangraba un hombro, pero no sentía el dolor.
. No demoró su mirada en el montículo exacerbado de necroides que devoraban al desdichado, fiel caballo. En otro momento habría tiempo para la pena que quería hendirle como una lanza el corazón.
. No podía avanzar, sólo con su espada, hacia los hombres pertrechados con escudos. Demasiados enemigos le franqueaban el paso.
. Peor, los que quedaban de la otra horda, ahora dispersos, se acercaban desde atrás.
. Contempló el par de colinas, en dirección de la caverna.
. “Posición elevada. Necesito defenderme mejor”, pensó con rapidez.
. Gritando para atraer a cuantos pudiera, se alejó hacia la colina. En el trayecto, varios necroides dispersos la alcanzaron. Los derribó a todos.
. Casi no quedaban enemigos a su alrededor. Cada vez que podía, que juntaba fuerzas, era ahora ella la que atacaba, a uno aquí, otros dos allá.
. Pero luego se alejaba, poniéndose a salvo de ellos, y recuperaba un poco el aliento.
. Los espadachines del reino todavía resistían.
. Al menos la mitad había caído.
. Pero una parte de la horda que quedaba, avanzaba ahora hacia la imperturbable capitana.
. Estaban lejos ahora. Tardarían en alcanzarla.
. Retrocediendo hacia la colina más cercana, Serenia derribó a algunos últimos necroides malolientes.
. Apoyó la punta de su espada en el piso. Recobró el aliento una vez más. Descansó unos momentos.
. Aún les tomaría unos minutos llegar.
. “Bien”
. Subió lentamente, volviéndose de tanto en tanto para verificar el avance del enemigo.
. Se permitió sentarse en una roca que sobresalía de la verde hierba, en medio de la ladera.
. Su respiración mejoró. Su pulso seguía enloquecido. Pero apoyó brevemente su espada, y dejó en descanso sus piernas y sus brazos.
. “Un último esfuerzo”
. Tenía otro corte y varios magullones en las piernas.
. No parecía ser nada grave.
. Aunque, en el fragor de la batalla, podía equivocarse.
. Un poco de sangre le empañaba la vista del ojo izquierdo. Se secó como pudo, con movimientos lentos.
. Los necroides, gorgoteando apestosamente y murmurando como el ganado muerto que eran, ya llegaban al pie de la colina.
. Al tantearse la sien, notó un corte. Parecía limpio. No podía vérselo. Esperaba que así fuera. Creía recordar un garrotazo, desde un costado, en algún momento de su retroceso.
. Nada que no pudiera solucionarse con un poco de sutura, si era afortunada.
. Sentía un dolor distante en su mano izquierda. Observó la hinchazón. No podía mover al menos dos dedos.
. “Una quebradura… Creo que atajé algún golpe aquí…”
. Las figuras tambaleantes, podridas, hediondas, subían, mugientes.
. Aferró la espada, y se irguió una vez más.
-- Toergon Sayban. –dijo, esforzándose por pronunciar claramente, y con calma.
. Allá lejos, o quizá no era tanto, pero en esa situación así se sentía, el pelotón de valientes había caído.
-- Toergon Sayban. –repitió.
. No, no todos!
. Algunos todavía luchaban. Pero separados.
-- Toergon Sayban.
. La mayoría yacían inmóviles en el campo de batalla. Pero algunos, si bien derribados, aún se movían.
. Había esperanzas para los heridos?
. Aquella horda, sin embargo, se había desmantelado en gran parte.
. Entonces el haz de un fulgor blanco que parecía descender desde los cielos envolvió a la capitana.
. Los espadachines que quedaban, manchados de sangre, trastabillando, enfrentaban como podían al resto de la horda.
. La capitana emitió un débil gemido. Por suerte, lo poco que quedaba de su tropa, no podía oírla. Quizás era de dolor. Pero, también de alivio.
. El último puñado de necroides llegó hasta la roca.

. Muy, muy lejos de allí, en lo alto de su torre en Tarningan, ToergonSayban, el Mago, exhaló un prolongado suspiro.
. Si bien no se había movido, ahora sudaba copiosamente.
. “Es demasiado lejos... Sólo una vez… Ahora todo está en tus manos. Era con la tropa, o contigo”, pensó el hombre que dirigía el reino.
-- No he avanzado en estudios de las Artes en Combate. –se había lamentado, días atrás, cuando habían discutido la misión.
-- Quisiera hacerme cargo. –había contestado ella, con un atisbo de súplica.
. Al final, el sabio había asentido.

. La espada de Serenia cayó con todas sus fuerzas sobre el primero.
. La capitana se movía con fuerzas renovadas. Ya no sangraba. Ya no dolía.
. Hasta el cansancio parecía haberse evaporado…
“Ya está… No nos queda más nada… Ahora se decide todo…”, pensaba la mujer.
. Atajó un golpe, contraatacó, retrocedió a tiempo.
. Saltó hacia atrás. Golpeó con fuerza. Esquivó.
. Retrocedió. Por este lado, cuatro o cinco.
. Caminó de costado.
. Maldición. Aquí viene otro.
. La espada hendió.
. El filo bailaba. Ella retrocedía. Sólo unos pasos, y derribaba a otro.
. El tajo en el brazo!
. Pero no dolía: no era magia. Adrenalina?
. Y su mano seguía sujetando firme la espada.
. El enemigo lo pagó caro.
. Era un corte limpio. Profundo, pero sin alcanzar los tendones.
. No podía permitirse ni el alivio.
. Siguió retrocediendo, poco. Los dejaba avanzar, el más adelantado siempre caía.
. El golpe en la cabeza fue brutal.
. Pero aún la impulsaba la locura del combate: Había sido otro garrote. El aturdimiento no duró más de un instante. Estaba en el piso.
. Varios pares de piernas hediondas la rodeaban…
. Rodó ladera abajo.
. Asombrándose de seguir con vida, se incorporó despacio.
. Se tanteó la cabeza. Apartó la sangre con la izquierda maltrecha. Necesitaba su visión.
. “Dios mío!”
. Pero sus piernas aún le respondían. Y la diestra, y la espada.
. Derribó a los últimos que bajaban sobre ella. Cortó piernas y brazos, hendió cráneos.
. Se permitió un rápido vistazo alrededor.
. “Acaso me van a estallar las venas?”
. Bajó de nuevo, con pasos lentos, a la llanura.
. Los últimos guerreros de Tarningan resistían a duras penas.
. Caminó hacia ellos. No podía correr. Tenía las piernas entumecidas.
. La mente también.
. Era como tener el cerebro… En una especie de nube.
. Sin embargo, los veía.
. Ya no quedaban tantos.
. Derribó al primero por la espalda. Al diablo con el honor!
. “Cómo carajos es que sigo en pie??!”
. El siguiente tampoco la vio venir.
. Le pareció que uno de los últimos hombres la veía.
. Sesgó implacable una cabeza.
. Resultaba increíble que el brazo derecho aún tuviese fuerzas. Perdía mucha sangre.
. Le pareció reconocer una palabra, pero parecía venir de muy lejos:
. “Capitaaana!”
. Era la voz de alguno de sus hombres?
. Los últimos necroides caían en silencio.
. Ella cayó también.
. Antes de tocar el piso ya se había sumido en la inconsciencia.


. * * * * *


. La despertaron el sabor y el olor del humo de la gran hoguera.
. Y recordó, mientras tosía y abría los ojos.
. Fue un inmenso alivio saber que, aquellos de sus hombres que habían sobrevivido, habían seguido sus instrucciones sin demora.
. Mientras se palpaba varios vendajes, y el brazo en cabestrillo, se permitió una breve sonrisa, que pronto se volvió triste, una mueca amarga.
. Muchos habían muerto.
. Pero no se volverían a levantar: En medio de la verde llanura, oscura bajo el crepúsculo dorado, cadáveres amigos y enemigos crepitaban alimentando las llamas de una gran pira.


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